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No fueron solo muertes injustas: fueron familias rotas, proyectos de vida interrumpidos y comunidades marcadas por el miedo y la desconfianza. Cada persona asesinada dejó un vacío que todavía se siente: un hijo que no regresó, un padre que no volvió a casa, un hermano desaparecido en medio de versiones oficiales que nunca fueron verdad. Las mujeres quedaron en el centro del dolor y de la resistencia. Madres, esposas, hermanas e hijas que tuvieron que convertirse en buscadoras, en denunciantes, en memoria viva. Cargaron con la estigmatización, con el silencio institucional y con la responsabilidad de sostener hogares fragmentados. Niños y niñas crecieron con ausencias imposibles de explicar, con preguntas sin respuesta y con la marca injusta que se impuso sobre sus familias. Cuando los falsos positivos se cruzaron además con la desaparición forzada, el daño se volvió aún más profundo: duelos suspendidos y noches interminables a causa de la incertidumbre. En los territorios, la violencia rompió confianzas, alteró la vida cotidiana y dejó un trauma colectivo que todavía persiste.
